Miguel Alejo

Descubrimiento

Posteado por: miguelalejo en: Noviembre 13, 2009

Había una vez un estudiante universitario llamado Miguel. Generalmente, como muchos estudiantes universitarios, jugaba al fútbol los fines de semana, pero los lunes iba fijo a la biblioteca. Era una mañana lluviosa de abril. Con parsimonia extrajo su tarjeta de estudiante y la mostró al guardia que vestía de azul. Le dieron una llave metálica que más tarde abriría el casillero 100. La carga de su bolso negro era muy pesada para su espalda alargada pero enclenque: un notebook, un lapiz rojo marca bic, la ajada Lingüística General de Saussure, y un plumón verde para whiteboard. Encontrar el casillero 100 le toma 30 segundos; buscar la llave en el bolsillo de la chaqueta gris, 30 segundos; introducir y girar la llave plateada, otros 5 segundos. Al abrir el casillero un viento tórrido sopló con fuerza desde el interior; oyó voces de niños y ruidos que le parecieron ladridos. Evidentemente, la situación era inusual. Buscando certidumbre metió la mano empuñada y pudo sentir nuevamente la brisa tibia rozarle los nudillos. Agachó un poco la cabeza para echarle un ojo. Lo que vio le recordó las ilustraciones de un libro de Lewis Carroll. Imágenes del ropero en las Crónicas de Narnia le sobrevinieron con brusquedad. Era otro mundo. El casillero es la puerta para descubrirlo, pensó. Deseó ser más pequeño, tener 5 o 7 años para entrar allí y abandonarse a la aventura. Naturalmente, le sobrevino la resignación. Su cuerpo adulto era demasiado grande y su cabeza demasiado ancha para cruzar por esa puerta. Metió el pesado bolso dentro del habitáculo. Le tomó 5 segundos girar la llave y retirarla, y otros 10 salir y enfilar hacia el interior del edificio.

LA ETERNIDAD DEL TRIGO

Posteado por: miguelalejo en: Noviembre 6, 2009

LA ETERNIDAD DEL TRIGO

Segundo Humberto, In Memoriam

He soñado contigo, abuelo.
Vas jugando en la mañana verde del sur,
riendo en la otra rivera,
esquivando los álamos añosos,
siguiendo la incansable pelota derruida del tiempo,
conformando una travesura perenne.

He soñado contigo, abuelo.
Vas montando en la llanura no conocida,
arreando animales hacia las praderas de la soledad y el viento
para que beban la infinitud en el río.

He soñado contigo, abuelo.
Llevas en tus brazos morenos la mujer de tus amores.
La posees bajo el único manzano del huerto para saciar la sed que nos deja la muerte.

He soñado contigo, abuelo.
Eternamente joven, vas surcando sobre un bote escarlata la llanura de trigos,
navegando en la mies madura de la eternidad.

Primer Premio Concurso Artístico Estudiantes UFRO 2009

La nausea

Posteado por: miguelalejo en: Septiembre 22, 2009

Vivimos junto al mar desde principios de año. Me gustaba recorrer Los Marineros hasta playa El Sol, pero ahora es una experiencia inodora que no levanta siquiera nostalgias. Nos mudamos allí huyendo del frío, la lluvia y las verdes arboledas de Temuco, cuyas flores en primavera provocaban una alergia feroz en mi esposa. (Tal vez huimos de nosotros sin lograrlo). En fin, cambiamos una casa de chimenea y madera por un departamento de quinto piso en calle 5 Poniente, a dos cuadras de este edificio.

De lunes a domingo soy, a duras penas, esposo, profesor de universidad, escritor y padre de una hija de dos años. Me he unido a Nauseabundos Anónimos la semana recien pasada, y les agradezco que me hayan recibido. Hoy decidí contar mi experiencia luego de oír el testimonio de Natalia. Gracias Natalia por tus palabras. Sé que el tiempo es escazo. No espero demorarles demasiado.

Padezco la nausea, como todos los aquí presentes. Pero mi nausea no es total ni absoluta. He notado en mí cierta tendencia a la alegría en ciertos momentos. Ayer disfruté cuando el mar borró la huella de una gaviota. El lunes pasado reí con un chiste de Álvaro Salas. Pero a medida que avanza el calendario y progresa la nausea, los momentos se reducen hasta la inexistencia. Esta última semana no he sentido nada. Vivir se ha transformado en un páramo de monotonía y parsimonia.

Nos mudamos, sin padecer el mínimo síntoma, a la ciudad a principios de año. En un comienzo, cuando mi mujer lo propuso, la sola idea de abandonar las calles de mi infancia me pareció una aberración. Era un atentado contra el conservadurismo en que me educaron. Me opuse, como es natural en mí. Me consideraba un Temucano de corazón y siempre creí que la misma ciudad sería mi cuna y mi tumba. Pero Ana estaba empecinada, así que me persuadió con manjares femeninos y apelando a mi amor por la literatura. “Neruda recomienda el Mar”, me dijo. “El mar te dará la inspiración que buscas”, repitió. “El mar es el infinito. Búscalo”, era el tipo de frases que usaba para roer mi conciencia mañana, tarde y noche. Acepté, finalmente, por cansancio, y por que sentía verdadero placer en darle gusto. (Ahora el placer es una vaga emoción que no recuerdo). Hicimos los menesteres que una mudanza implica. Conseguimos departamento, llamamos camión, asistimos a las despedidas en nuestros trabajos, lloramos emocionados por la partida, armamos la casa, retozamos exhaustos en el nuevo tálamo; dimos el primer paseo por la playa, desde Marineros hasta El Sol.
No sabría explicar qué causó la nausea. Tal vez el mar sabor del agua. Quizá el exceso de arena en los calzoncillos o la caca de gaviota sobre el parabrisas del auto. Los doctores prontamente entendieron que enfrentaban algo desconocido. Mis síntomas correspondían a muchas patologías. En lugar de darle nombre a lo incurable, opté por fingir que nada pasa. Para la familia todo marcha bien. Viento en popa, según el marinerismo. Mi esposa aún no se entera de lo que sucede. Hace cuatro semanas la cosa se puso grave y sufro un apagón de ánimo quizá terminal. Me levanté esa mañana fatídica de julio con una nausea que se localizaba en ningún lugar y en todos. Era inexplicable. No se confinaba en la espalda, ni en la cabeza, pero las implicaba. Es como si naciese del alma. El sexo que antes era agua en el desierto, ahora es un esfuerzo que me deja exánime. El pan crujiente cuya textura me hacía salivar con solo nombrarle, se ha convertido en piedras de trigo. Según el doctor Carreño todo es atribuible a la nausea.

No me abandona. Por un tiempo me engañé con la esperanza. Me acompaña mientras hablo. Mientras como, mientras veo el noticiario. Su aparición es espontánea, y no responde ni a los conjuros teóricos ni a las drogas del doctor carreño. Exige mi esfuerzo a cada palabra que pronuncio. Me jala hacia la tierra, con fuerza. Siento deseos de detenerme y sumergirme en la soberanía del silencio. Es inclemente, se ha enquistado en el alma.

Supongo que viviré con esto hasta la muerte. He conversado con varios miembros de Nauseabundos y todos concuerdan en que se trata de una dolencia incurable. Lo acepto. Hasta ahora he vivido sin tragedias, sin dolor alguno, todo lo que me propuse me fue dado. La nausea es parte de mí, pienso, es el contrapeso para el equilibrio, supongo, y no le opondré resistencia. Me entregaré al dominio de sus raíces, hasta que timonee mi personalidad y me transforme. Muchos lo han podido soportar y han llevado con gallardía su metamorfosis. Me uniré a ellos con valor… No se preocupe, no se moleste…Gracias por oírme. Sinceramente, muchas gracias.

Figuras de adobe

Posteado por: miguelalejo en: Septiembre 6, 2009

La vida es el espiral resquebrajado por donde descendemos.
Bajamos con cierta solemnidad española,
rodeándole a pasitos cortos, mientras suena la orquesta en trasfondo.
Se especula días enteros sobre nuestra materialidad.
En el supermecado, mientras compramos la última cena.
Durante los 30 segundas del semáforo.
Se teoriza en el baño, mientras leemos los ingredientes del shampoo.

Sólo sé que huele a paja y barro.
Sólo sé que nuestras palabras son de paja y barro:
como el espiral, y como nosotros destruidos por la próxima lluvia.

El pensador de Avenida Estadio

Posteado por: miguelalejo en: Agosto 30, 2009

Sólo me queda el goce de estar triste.
Jorge Luís Borges

Después de recorrer la avenida adornada de preservativos usados,
latas de cerveza a medio beber; después de andar por jardines habitados
de perros sin porvenir, atiborrados de luces, bocinazos y motores inmisericordes,
me sentí ligeramente cansado.

Decidí tomar un descanso en el escaño bajo el raulí más grande del lugar;
decidí sentarme, cruzar las piernas, poner la mano bajo el mentón y pensar el futuro de la Nación.

Siento frío. Sonrío. Miro al perro que se rasca con afán sobre la vereda.
¿No tenemos porvenir, amigo. Solo nos queda el goce de rascarnos y estar tristes?

Ley de Regulación Ambiental 19.678

Posteado por: miguelalejo en: Agosto 6, 2009

En vista de los altos índices de papelería, narcisismo y ocio, el ESTADO DEL PAÍS decreta lo siguiente con fuerza de LEY DE LA REPÚBLICA y en calidad de suma urgencia:

Art. 1 Las actividades consideradas literarias quedarán sujetas al impuesto al lujo intelectual según lo dispuesto por la Tesorería Nacional; aquellos ciudadanos identificados como escritores deberán llenar el formulario de emisión de literatura, de lo contrario no podrán circular; los mismos deberán someterse al calendario de restricción que regulará la cantidad de literatura máxima por ciudad; aquellos ciudadanos que incurran en emisiones fuera de la norma L2001, que establece los máximos de literatura tolerable en el ambiente, serán sancionados según lo establece el código penal 607 inciso 10.

Art. 2 Todos los servicios literarios, inclúyanse difusión, producción, almacenamiento y distribución de material literario, deberán llevar el siguiente aviso impreso en letras rojas y en lugar visible:

“Lea y escriba con moderación.
Evitemos la contaminación por literatura.”