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La nausea

Vivimos junto al mar desde principios de año. Me gustaba recorrer Los Marineros hasta playa El Sol, pero ahora es una experiencia inodora que no levanta siquiera nostalgias. Nos mudamos allí huyendo del frío, la lluvia y las verdes arboledas de Temuco, cuyas flores en primavera provocaban una alergia feroz en mi esposa. (Tal vez huimos de nosotros sin lograrlo). En fin, cambiamos una casa de chimenea y madera por un departamento de quinto piso en calle 5 Poniente, a dos cuadras de este edificio.

De lunes a domingo soy, a duras penas, esposo, profesor de universidad, escritor y padre de una hija de dos años. Me he unido a Nauseabundos Anónimos la semana recien pasada, y les agradezco que me hayan recibido. Hoy decidí contar mi experiencia luego de oír el testimonio de Natalia. Gracias Natalia por tus palabras. Sé que el tiempo es escazo. No espero demorarles demasiado.

Padezco la nausea, como todos los aquí presentes. Pero mi nausea no es total ni absoluta. He notado en mí cierta tendencia a la alegría en ciertos momentos. Ayer disfruté cuando el mar borró la huella de una gaviota. El lunes pasado reí con un chiste de Álvaro Salas. Pero a medida que avanza el calendario y progresa la nausea, los momentos se reducen hasta la inexistencia. Esta última semana no he sentido nada. Vivir se ha transformado en un páramo de monotonía y parsimonia.

Nos mudamos, sin padecer el mínimo síntoma, a la ciudad a principios de año. En un comienzo, cuando mi mujer lo propuso, la sola idea de abandonar las calles de mi infancia me pareció una aberración. Era un atentado contra el conservadurismo en que me educaron. Me opuse, como es natural en mí. Me consideraba un Temucano de corazón y siempre creí que la misma ciudad sería mi cuna y mi tumba. Pero Ana estaba empecinada, así que me persuadió con manjares femeninos y apelando a mi amor por la literatura. “Neruda recomienda el Mar”, me dijo. “El mar te dará la inspiración que buscas”, repitió. “El mar es el infinito. Búscalo”, era el tipo de frases que usaba para roer mi conciencia mañana, tarde y noche. Acepté, finalmente, por cansancio, y por que sentía verdadero placer en darle gusto. (Ahora el placer es una vaga emoción que no recuerdo). Hicimos los menesteres que una mudanza implica. Conseguimos departamento, llamamos camión, asistimos a las despedidas en nuestros trabajos, lloramos emocionados por la partida, armamos la casa, retozamos exhaustos en el nuevo tálamo; dimos el primer paseo por la playa, desde Marineros hasta El Sol.
No sabría explicar qué causó la nausea. Tal vez el mar sabor del agua. Quizá el exceso de arena en los calzoncillos o la caca de gaviota sobre el parabrisas del auto. Los doctores prontamente entendieron que enfrentaban algo desconocido. Mis síntomas correspondían a muchas patologías. En lugar de darle nombre a lo incurable, opté por fingir que nada pasa. Para la familia todo marcha bien. Viento en popa, según el marinerismo. Mi esposa aún no se entera de lo que sucede. Hace cuatro semanas la cosa se puso grave y sufro un apagón de ánimo quizá terminal. Me levanté esa mañana fatídica de julio con una nausea que se localizaba en ningún lugar y en todos. Era inexplicable. No se confinaba en la espalda, ni en la cabeza, pero las implicaba. Es como si naciese del alma. El sexo que antes era agua en el desierto, ahora es un esfuerzo que me deja exánime. El pan crujiente cuya textura me hacía salivar con solo nombrarle, se ha convertido en piedras de trigo. Según el doctor Carreño todo es atribuible a la nausea.

No me abandona. Por un tiempo me engañé con la esperanza. Me acompaña mientras hablo. Mientras como, mientras veo el noticiario. Su aparición es espontánea, y no responde ni a los conjuros teóricos ni a las drogas del doctor carreño. Exige mi esfuerzo a cada palabra que pronuncio. Me jala hacia la tierra, con fuerza. Siento deseos de detenerme y sumergirme en la soberanía del silencio. Es inclemente, se ha enquistado en el alma.

Supongo que viviré con esto hasta la muerte. He conversado con varios miembros de Nauseabundos y todos concuerdan en que se trata de una dolencia incurable. Lo acepto. Hasta ahora he vivido sin tragedias, sin dolor alguno, todo lo que me propuse me fue dado. La nausea es parte de mí, pienso, es el contrapeso para el equilibrio, supongo, y no le opondré resistencia. Me entregaré al dominio de sus raíces, hasta que timonee mi personalidad y me transforme. Muchos lo han podido soportar y han llevado con gallardía su metamorfosis. Me uniré a ellos con valor… No se preocupe, no se moleste…Gracias por oírme. Sinceramente, muchas gracias.

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