Ensayo

El fútbol: la nueva épica latinoamericana que configura nuestra identidad

El fútbol: la nueva épica latinoamericana que configura nuestra identidad

Así como la épica antigua, ya muerta en su ámbito de producción, relataba sucesos legendarios e históricos de importancia nacional -colaborando con ello en la conformación de una identidad colectiva heroica, victoriosa y motivante- el deporte fútbol ha llenado hoy en día en Latinoamérica ese hueco espacioso que surge de la falta de una literatura transversal, de un relato magno, que contribuya a la percepción de unidad. En este sentido el fútbol es la épica moderna latinoamericana, centrada en el personaje-futbolista, héroe nacional-futbolista, cuyo rol en la historia es la de hacernos partícipes por proyección de anhelos en el acto narrativo del fútbol y condensa en su actuar el ideal valórico del Estado-Nación.

El fracaso épico en Latinoamérica

Latinoamérica carece de una tradición épica literaria con fuerza intensa de tal modo que cuya energía le haya permitido posicionarse de manera transversal en la sociedad y cultura latinoamericana. No desconozco la maniqueísta gran labor de Ercilla en La Araucana dentro de lo que hemos convenido en conocer como épica culta. Sin embargo, tal vez por ese carácter culto, su fuerza para difundir entre los individuos ha desaparecido con el avance del tiempo, acaso porque se trata de una literatura épica demasiado amarrada al verso y a las cosmovisiones de su tiempo. La ínfima fuerza de difusión que posee toda obra per se, y más en el caso de La Araucana, solo alcanza para “trascender” en una comunidad restringida, llámese, si quiere, comunidad académica. Desconozco si la épica de otras latitudes, la Canción de Roland en Francia, El Cantar de Hildebrand en Alemania por ejemplo, posee una fuerza de difusión como para abarcar todo el ámbito de lo social. Solo sé que en Latinoamérica no sucede y que las sociedades buscan relatos magnos que sean capaces de plasmar los ideales, valores y rumbos de su comunidad.

Antes de que el fútbol tomara su lugar como relato épico, otros discursos se posicionaron en su lugar: me refiero al discurso religioso y al discurso ideológico. Uno de los relatos épicos que probó y prueba suerte en el continente latinoamericano es el cristianismo. Tal vez en más del alguno produzca conmoción considerar la religión, su discurso, como una épica. Sin embargo, la religión, al igual que el discurso épico antiguo, es la condensación discursiva de ideales, valores y rumbos, es decir, una interpretación del pasado, una venia a los valores morales que contiene y su publicidad, sumado a la función de derrotero para recorrer lo futuro. Pero el religioso es un discurso impuesto desde arriba, desde los poderosos, desde los extranjeros, lo cual es visto por muchos como una piadosa forma de dominación cultural, de vasallaje legitimado. Esta situación problemática impide, según vislumbro, que consideremos propia a ésta épica de Cristo y Moisés, e impide también que la incluyamos en nuestra esencial hibrides latinoamericana -en nuestra nueva hibridez, pues la identidad se conforma y reconstruye a cada instante- sin cierta rencor tácito y sin un rechazo moderado y respetuoso por la memoria de quienes nos precedieron. Sin embargo, la religión sí logró la transversalidad de difundirse en toda la trama social, pero en relación al fútbol parece perder terreno.

El discurso ideológico también es una reunión de interpretaciones del pasado, asunción conductual presente, y lineamientos para el mañana, es decir, una épica. Las ideologías son la épica de la modernidad. Una modernidad naturalmente muy ideologizada que nos dejó toda una estela de horror por la dominación y por la búsqueda de poder. Al ciudadano común de latinoamericana le repulsa por ello todo lo que tiene relación con política. Tal vez por ello la falta de participación democrática y la permanencia del poder en las mismas familias. No sé por qué aun no hemos inventado un adagio que diga: “El poder se queda en casa” o “El poder se hereda”. A este desprestigio sin duda ayuda la corrupción pública y privada en las instituciones latinoamericanas que no concuerda, que no nos calza en la utopía valórica que poseía y posee todo hombre y mujer del último continente, y que las ideologías parecen haber soslayado. Por consiguiente la ideología permanece actualmente solo en un sector reducido de la trama social, ideología es para élite, es una épica culta.

La nueva épica latinoamericana

A causa del fracaso o semifracaso de toda la tradición épica anterior, el fútbol halló una América eriaza en donde posicionar su industria de juglares y héroes. Gran parte de la historia popular latinoamericana del siglo XX no es otra cosa que la difusión del deporte-fútbol en la trama social. Fue una subversión voluntaria, desde abajo hacia arriba, desde el pueblo al la élite. Si la élite ha impuesto su épica de las ideologías, el vulgo le impuso el fútbol a la élite que se dejó subvertir.

Una vez instaurado, no es erróneo conceptualizar este relato como una épica narcótica. Su desarrollo es enfermizo, su difusión hasta la transversalidad absoluta raya en lo lunático. Desde que en 1846 se intentó establecer el primer reglamento en la Universidad de Cambridge, tan solo bastaron 100 años para que podamos considerarlo como deporte global. Al cristianismo le llevó 1500 años llegar a América, el fútbol lo hizo en medio siglo. Hay sesenta años desde el primer intento de reglamento hasta la primera Copa América en la década de 1910.

Los escritores del Boom Latinoamericano caminando en Macondo, no tienen ni tuvieron el influjo avasallador de las selecciones nacionales de Brasil o Argentina, países en donde el fútbol es la religión oficial del pueblo. Si bien el balompié provino desde el viejo mundo, como tantos elementos que conforman nuestra identidad híbrida y mestiza, es uno de los pocos rasgos heredados que hemos asumido con tanto compromiso. Note usted que el primer campeonato entre naciones se organizó en Sudamérica antes que en otro lugar.

En la actualidad no hay día en que se deje de nombrar elementos futbolísticos. Todos los países latinoamericanos tienen una liga nacional, que es lo mismo que decir que todos los países tienen una tradición épica en constante producción. Al ciudadano latinoamericano esto le parece natural, cotidiano. “Así noh criaron -y nos gusta-, y así noh morimoh”.

Pues entonces el deporte-fútbol es la épica que Latinoamérica ha asumido voluntariamente. Si revisamos la historia, esta asunción voluntaria de algo es novedad. En el contexto de una sociedad marcada por una génesis en la dominación, no en el asombro por el descubrimiento del nuevo mundo maravilloso como propone “nuestro” realismo mágico, esta asunción voluntaria es milagrosa, es ciertamente maravillosa.

¿Por qué hemos escogido el fútbol como nuestro relato épico de la contemporaneidad? Pues nada más ni menos que por lo que representa. De partida, somos “buenos” en esto. El dominado quiere pagar siempre con la misma moneda. La América conquistada pierde su identidad traumática en el campo de juego, pues Europa teme, pues Europa es casi siempre derrotada, pues Latinoamérica domina a sus dominadores a través de este prado simbólico que se convierte en un campo de batalla cantado por los medios masivos, en todas las plazas, en todos los palacios. En palabras lacónicas: a través del fútbol Latinoamérica supera una identidad traumática, caracterizada por la dominación de las grandes potencias.

Por otra parte, el héroe de nuestra épica futbolística condensa toda una configuración valórica que es la configuración valórica del Estado-Nación que representa y continental a la vez. Ya no se requiere ensangrentar la espada en cruentas lides. Basta con un faul, es suficiente con un gol, y es la euforia desatada ganar suculentos premios por campeonar. Es que ya no es la búsqueda de trascendencia un elemento central en la configuración valórica del héroe. Todo lo contrario, más bien el protagonista de esta épica es un ambicioso resignado a la temporalidad. En otras palabras se busca una trascendencia puramente bélica -deportiva-, circunstancial y finita: él busca la gloria, él busca la fama, él exige salir del anonimato de la urbe, él necesita el cambio de estado económico, se le exige realizar la odisea desde la desprotección y la nada al poder adquisitivo y al reconocimiento.

La interpretación de la historia latinoamericana a través del fútbol es más que feliz, es siempre una victoria. “Pentacampeones del mundo”. “Tricampeones mundiales”. Nos gusta vernos allí, apreciamos vivir del pasado rutilante, somos futbolísticamente narcisistas. Por ello, provistos de esa esperanza latinoamericana, la continuación del fútbol es la continuidad de esta historia radiante que nos permite evitar encontrarnos con la otra. No queremos que termine. “Nunca nos quitaran el fútbol”, deporte que es una Institución de Latinoamérica.

Pese a que el sistema de ésta épica-fútbol está basado en la competencia y en la rivalidad que raya en lo pugilístico muchas veces, siempre conduce a la unidad. Muchas veces la prensa habla de “la familia del fútbol”. Es cierto: esta épica une y junta. Tal vez por ello los estados nación la han visto con buenos ojos y han fomentado su desarrollo. La iglesia, ya muy diferenciada en doctrinas, y las ideologías políticas, eternamente fraccionada en izquierdas y derechas, casi como un pulpo, tienden a polarizar las sociedades y a recrudecer los conflictos. En cambio una selección nacional tiene un efecto unificador en torno a los colores de una camiseta, siempre inspirada en los símbolos patrios del Estado-Nación. Esta unificación consecuencia de un partido de fútbol “importante”, “internacional”, sin duda perjudica los intereses de las minorías étnicas y es un favor inmejorable para el Estado-Nación construido sobre ellas. Acaso las minorías étnicas deberían seguir el ejemplo y crear una selección de fútbol.

La relectura de este documento ensayístico me convence aún más de que el fútbol vino para quedarse. Echó raíces en Latinoamérica. El deporte fútbol es tan nuestro como Los Andes, el desierto, el mar, la pampa. No me extrañaría que así como existió una novela de la tierra, exista en el futuro una novela del fútbol. Es que se trata de una épica transversal, que vino desde abajo y que encontró un despoblado producto del semifracaso de las épicas fallidas, que ni la religión ni las ideologías ni la literatura pudieron construir. Una épica cuyo héroe encarna la configuración valórica -aspiraciones, premisas y dogmas- de la contemporaneidad latinoamericana. Y de seguro que hay larga vida para el fútbol, porque los Estados-Nación lo promueven, pero detrás de los innumerables beneficios económicos y para la salud que ello conlleva, se esconde el uso de esta nueva épica latinoamericana para mantener y mejorar una dominación étnica y cultural.

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