Prosas

Detrás de las pantallas

Detrás de las pantallas cuadradas dispuestas en filas bastante funcionales, están las cabezas inclinadas de los usuarios. El fragor del viento producido por un mecanismo de refresco, un ventilador eléctrico elevado a la décima potencia sonora, sumerge la habitación en una atmósfera persistente de aire seco y hastío incesante. Junto al marco de la puerta hay un letrero que dice:

“RECURSOS INFORMÁTICOS
ATENCIÓN DE LUNES A VIERNES
DESDE 8:00 AM HASTA LAS 8:00 PM”

En la habitación, cuya arquitectura se parece a una gran caja de cerillos sin pintar, la percusión de muchos dedos contra muchos trozos de plástico produce el tintinear típico de la mecanografía moderna; o, dicho de otra manera, la habitación está llena de esa música triste y veloz que producen las secretarias virtuosas. Intempestivamente de entre los cuadrados blancos, rompiendo la oficinesca eternidad de la habitación, surge una cabeza morena. El hombre lleva los ojos enrojecidos, un paso anhelante, y el cabello sin peinar.

-Vuelvo enseguida. Solo voy al baño un momento- le dice al guardia que mira la tevé en la puerta, justo a la izquierda del letrero, quien no le presta mucha atención.

“Voy a mear, weon, porque estoy que rompo la vejiga”, piensa Viny un poco picado por la indiferencia, haciendo gala de esa grosería frecuente en su discurso interior, mientras camina hacia fuera, muy probablemente en dirección al urinario más cercano. Viny es un oficinista ineficaz acostumbrado a contener la micción hasta el último estertor desde niño, por lo que casi siempre sufre más de la cuenta. “Rápido, porque dejé esperando a Nana…” Viny es un oficinista que odia dejar esperando a las mujeres por herencia de su padre, quien fue un hombre muy afable, de muchos amigos y de muchas tertulias, y un hombre que no se hacía esperar, porque no se creía digno de ser esperado debido a la incurable autoestima baja. Más o menos hace unos diez años que Viny no le ve, más o menos desde que debió partir de casa, porque había terminado la universidad y ya podía valerse por sí mismo. No significa, exactamente, que haya perdido contacto con él, de hecho ayer recibió un correo electrónico que decía “todo está bien, nos vamos de viaje con tu madre” y el martes recién pasado le habló desde el teléfono rojo de la esquina. Tan sólo no le ha visto porque desde que se inventó el teléfono y la internet ya no es necesario ver a las personas. En la época en que ocurre esta historia desabrida, ver al otro es una vieja costumbre que se volvió irrisoria debido a los ingentes avances de las comunicaciones.

“Nana se ve bastante sabrosa en esa foto. Polerita celeste, hombros descubiertos, ceno descubierto, pelo ondulado. Su perfil dice que mide uno sesenta y ocho. Ojalá sea verdad, aunque da lo mismo. Ojalá me acepte en su facebook porque…” El verdadero nombre de Viny no es Viny, por supuesto. Es un nombre social, o apodo como se decía antes, o nick, como se dice ahora. No sabe de dónde lo sacó, pero no le importa; porque en internet donde es conocido por muchos y su hogar unas doce horas al día, no se necesitan genealogías ni parentescos para ser atractivo ni siquiera una cara bonita ni un auto para conquistar. Por Viny lo conoce todo el mundo: amigos y amigas de Toronto, de Santiago y también aquellos de lugares recónditos; y son tantos amigos que ni siquiera recuerda el nombre del lugar donde viven ni el nombre de muchos de sus conocidos. Casi llegando, al pasar junto al símbolo ingenuo del baño de mujeres, tal vez por ese olor a limpio, a cloro fresco, recuerda a su madre. Ella aún lo llama mi Vicente, con un tenue énfasis de posesividad, pues ni más ni menos se trata de su único hijo. A veces, cuando la rutina y las conversaciones en internet le conceden un instante para pensar; o cuando las necesidades biológicas le obligan a encontrarse a sí mismo en la claridad monacal del baño, se permite un poco de nostalgia por ella, por su madre. Y piensa: “Tengo hambre, si mamá estuviera aquí, al salir por la puerta podría pasar por la cocina y cogería una manzana jugosa de la frutera siempre llena”.

En medio de la blancura exagerada del retrete y el hedor a orín mal perfumado, siente un alivio exclusivamente apolíneo. Recupera la armonía y su virilidad, que estaba algo encogida y sudada. Aún conserva algunos buenos modales esenciales, así que se lava las manos, indiferente frente al reflejo acucioso de su imagen. Sin un mínimo de vanidad, pues ya no le era necesaria, ya que en su círculo de amigos bastaba y sobraba con las fotos, emprende el regreso.

“Nana, no es un gran nombre, como Viny, pero…”. Pensaba con ilusión, con nostalgia por el porvenir, hasta que se vio interrumpido por la torpeza de una mujer que golpeó accidentalmente su brazo mientras cerraba la puerta del baño. La blandura del seno, las rodillas como de mantequilla, el cabello vertido sobre la espalda; no percibió nada, pues todo parece indicar que los humanos han perdido interés por su entorno inmediato. Más bien a Viny se le agrió la sangre, importunado por el golpe, pero sólo un poco y por un instante demasiado breve. Apremiaba regresar.

Tal vez si Viny hubiese ido al pre-escolar o hubiese recibido un poco de estimulación temprana distinta de la tevé del living de su casa, sería un poco más sensible sin duda y menos progresista, pero el hecho es que no percibió que hace 10 años no tocaba una mujer, y únicamente porque hace diez años dejó de recibir los abrazos de su madre. “No es necesario tocar, la imagen lo es todo”, pensó alguna vez en esos escasos momentos de lucidez que le sobrevenían, haciendo al mismo tiempo una mueca, que si alguien la hubiese visto, la creyese de seguro una muestra de arrogancia. “Ahora lo tenemos todo, tenemos la Internet”, escribió muchas veces en la ventana del chat como epígrafe de su vida. Pero Vicente ya no estaba para tales razonamientos, porque ya tenía veinte años y los veinte años la gente deja de pensar y se pone a vivir.

-¿No le dije yo? Fue solo un momento- pero el guardia no prestó atención. Es que daban el último capítulo de la telenovela.

Detrás de las pantallas cuadradas dispuestas en filas bastante funcionales, están las cabezas inclinadas de los usuarios. El fragor del viento producido por un mecanismo de refresco, sumerge la habitación en una atmósfera persistente. La percusión de muchos dedos contra muchos trozos de plástico produce el tintinear típico de la mecanografía moderna. Intempestivamente un hombre de cabeza morena se sumerge en una de las filas, es una cifra del millón, es un hombre ilusionado porque comienza a enamorarse de una fotografía en la pantalla.

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