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El apóstol 13

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
qu’es el morir[…]

Jorge Manrique

En la jerarquía de soledades,
soy el más alto. El más desterrado de su Dios.
El Pedro más negador.
El Judas más voluntario.
Pues, como la lluvia,
fui un dibujo en el agua:
tomé hilo, tomé aguja
y di puntadas para remendar el aire,
y edifiqué una torre espléndida pero frágil como el cristal,
y no permanecí.

Ahora que navego el último recodo del río,
quisiera lavar lo vivido,
como quien lava sus calcetines del siglo,
como quien lava sus trapos heridos por el hedor del arroyo.
Pero un cosmos riguroso se opone.
Un cosmos propio, íntimo, sembrado en mis entrañas.
Un cosmos obediente a la rabia de Dios.

Nuestra memoria (porque somos muchos)
es un crucifijo de maderos blandengues, chamuscados.
Y las perlas de nuestros radiantes rosarios
fueron halladas en las almejas turbias del yerro.
Tuve ojos presurosos al resplandor
y no pude,
no me fue permitido,
reparar en los cimientos corrompidos por la polilla de muerte.

Recibí, entonces, en la esperanza misma, la heredad del orgullo.
Con entusiasmo, con alegría,
edifiqué una Babel en el jardín detrás de casa.
Y lleno de vigor, y rebosante,
mandé a zurcir utopías telúricas en los corazones recientes;
navegué hacia el mar, orgulloso…
Y ahora, muerto, muerto,
me revuelvo en las cenizas de una vaciedad que aún crepita.

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