Prosas

Adán, Eva y El Fruto

Había Dios terminado de buena y perfecta manera toda la creación. Perfectos (¿a dónde nos lleva la voz?) eran  los animales todos, desde el hombre hasta la serpiente. El mal se agazapaba en algún lugar del universo, como lo hace un felino ante el pajarito. Hasta que un día, con permiso del Dios que descansa los días séptimos, el mal, de entre todos los perfectos animales, eligió el más bello para ingresar al mundo reciente de ese Dios: se hizo sangre y alma de la astuta, alada, bella, femenina, Serpiente. Ese bello (¿a dónde nos lleva la voz?) animal, sabiéndose voluptuosa, se acercó a lo primero que vio delante que pudiese ser engañado: el hombre-macho. Con una voz como brisa de mar, porque todo era sensualidad en ser tan maravilloso, dijo, en tono cariñoso, afable, de madre buena:

 

¿Así que Dios pronunció su típico discurso de que “no coman del fruto de ningún árbol del jardín”?

 

El hombre-macho, acostumbrado al coloquio con los animales, dejó la felicidad por un momento; y sin darse cuenta se halló en un estado neutral, antes del destino, frente a un camino que se bifurca, y contestó:

 

Podemos subir y tomar el fruto del árbol que se nos plazca. Dios solo ha dicho que no debemos acercarnos al fruto ni al árbol del centro del jardín. Si desobedecemos, moriremos. No entendemos eso de morir, pero la palabra nos induce al terror, y lo aceptamos.

 

-¡No es cierto! ¡No morirán! -Decía la serpiente con su delicada voz, que era del tono que cabalga en las olas cuando llegan a la tenue playa. Dios sabe que el árbol prohibido es el árbol de los Dioses. No quiere que lo coman, para que su ser no sea como el de una Divinidad. Dios los aleja del conocimiento del bien y del mal. Piensa en esto, Adán, que tu eres inteligente, sabrás comprender: el árbol está en el centro del jardín…¿Esto no te dice nada? Hombre, pues, se debe unicamente a la importancia vital de su fruto, porque de él nacen los Dioses y los nuevos mundos.

 

El hombre-macho, haciendo tiernamente a Dios a un lado, cobijando las palabras del hermoso animal en su perfecto corazón, miró el frondoso árbol y sus frutos henchidos y le parecieron inéditos. Lenguas de un fuego virgen sobaron sus ijares, y cobijó el deseo de comerlos. Vagó por varios días, masticando las primeras dudas del mundo. En una mañana refulgente, con delicadeza de hombre perfecto, bajó con sus amplias manos la menuda ramita del árbol, y tomó el fruto, y comió. No hubo truenos, ni tembló la tierra. Pero le sobrevino el peso el peso de la inmensa soledad, que es como una burbuja que nos rodea. Fue en busca de la hombre-mujer, llorando las primeras lágrimas que regaron el campo, y ella, amorosa, sin conocer todavía el reproche, comió.

 

Estamos desnudos!– se dijeron.

 

Y Dios los condenó a un líbido inmanente, a la verguenza del cuerpo. Dios los condenó a vivir entre los humanos, a lidiar con el egoísmo; los condenó al odio mutuo, a las grandes ciudades… y les señaló el destierro.

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2 comentarios sobre “Adán, Eva y El Fruto

  1. He leído la Biblia, la historia en Génesis, y detecto una inversión de los roles; supongo que tiene un significado, una inversión de la culpabilidad: es algo así como un mito, uno de los primeros, que trata o protesta contra la distribución Divina de los roles de género…Interesante,

    dsdsasadsasdafff

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