Prosas

La señora de carlos en el desagüe

Entonces, quizás obcecado por la fatiga del día, no toleró el insulto tácito y denigrante de la no atención de sus ojos que preferían la televisión; no soportó que sustituyeran su lastimera, roída, gastada conversación por esos entes distantes y lascivos que animaban un programucho de cuarta; no soportó y escupió rabioso una cachetada que rompió el aire. La primera gota de sangre resbaló por el labio carnoso de la mujer: todo había comenzado y ya no podía detenerse.

Como siempre nos confirma la nostalgia, el pasado, su pasado juntos, fue idílico, rosa; momentos que una mujer no dudaría en llamar, en lenguaje promiscuo, fruto del amor. Asistían a la misma congregación, compañeros de redil, que se reunía en el templo Bautista de la Plaza Almagro. Carlos era moralmente perfecto a los ojos de su dama, religioso, un evagenliquito bien ponderado, bien vestido. Andrea, que se desarmaba en dulzura ante tales atributos, se advirtió de pronto seducida y creyó encontrar el yugo igualitario e idóneo que le recomendó su rabino en tantos sermones dominicales. Carlos pensó también algo más o menos análogo, pero menos proyectado y menos santo: es una hembra de culo erguido, es convertida, es lo que recomienda el Santo Apostol a los hombres con fuego en los hijares. De allí en adelante, ambiguamente emparejados como es costumbre entre la juventud, todo se desarrolló según el derrotero universal del amor: besos cándidos, manos enlazadas, más besos…Hasta que el amor terrenal que se profesaban sustituyó y acaso superó las bendiciones de su Dios, y llevó a la feliz pareja a la intimidad más profunda entre los seres humanos: al coito enamorado. Una vez conocidos mutuamente hasta lo infinito, se sintieron sujetos el uno al otro por irrompibles amarras de hierro, tanto así (decíanlo por carta), que ni El Destino (esa irreversible, irremontable cadena de causas y efectos), aunque se lo proponga, podrá separarnos.
Sin embargo, se dice, y se dice bien, que los defectos, la faz del alma verdadera, se agazapa y espera paciente hasta que la pasión se escurre y deja mínimas fisuras; y aparece con el tiempo, disolvente universal, la mancha del acto; y por esas mínimas fisuras se mira el defecto, se ve y se cuela el egoísmo como un perfume, hasta que impregna los asuntos más cotidianos y baladíes. Se destruye hasta el amor más prometido, en definitiva, incluso aquel que ha dado frutos se destruye. Porque tristemente el humano es ser de promesas, pero no de cumplirlas; un ser opuesto a la divinidad en todo ámbito y no puede alcanzarla ni igualársele. Quizás Carlos o acaso Andrea intuyeron aquella idea en medio del pecado o, tal vez, lo vislumbraron vagamente en alguno de los tantos cultos dominicales. Algo de esta luctuosa dinámica del amor es posible encontrar en las motivaciones injustificablemente misóginas del señor Álvarez; dinámica atroz que me propuse esbozar sucintamente, con mucha imaginación y poca rigurosidad.
Conjeturo que la primera semilla de este crimen desmembrante, si se me permite esta metáfora común en cristológicas parábolas, se sembró en tierra celosa a causa del descubrimiento del pasado amoroso, del historial pasional del otro, que en este siglo apologizador de la promiscuidad es muy vasto. Conjeturo, en base a misivas electrónicas previas al suceso recibidas por la difunta, que Carlos Álvarez, hombre evangélico de irreprochable conducta anterior, no tuvo la entereza para digerir ni la voluntad de olvido para extirpar de su alma el dolor recalcitrante de los viejos pecados. Al parecer, la absurda posesión de la amada, que en todos los machos de la especie se presenta atenuada, en él se manifestó patológicamente retroactiva. De alguna forma, Carlos fue traicionado (intento pensar como él) varias veces 5 o tres años antes del crimen, y eso no lo perdonó, causando tristes pesares. Precisamente allí el corazón se le atolló de rabia por amores y deseos y fruiciones pasadas (continúo pensando como Álvarez); luego lo sacudió un espasmo espeso, que se apoderó de su voluntad; vagó entre las gentes con aplomo, refugiado en la indiferencia mutua con la que un hombre saluda al otro; vagó en su hogar y vagó en su trabajo incubando un horror. ¿Celos incontenibles? ¿Conciencia fugaz de que el pecado habitó y habitaba en el ser más amado, considerado por él más perfecto, la mujer, su mujer? El hecho inexorable es que la mató, según él, porque se lo merecía .
El narrador, antes de referir los pormenores finales dados a conocer en la confesión (divulgada hasta el hartazgo), se declara incompetente en su carne. Ha querido reflexionar, imaginar y juzgar en torno al tema escabroso, pero se sabe limitado, y está convencido de que la mente perversa alcanza vuelos absolutamente indevelables. Piensa que los hechos son atribuibles a pulsiones animales que aún habitan en nosotros; pulsiones que la evolución, en su tardo avance de buey, no ha podido desterrar. Pulsiones que, afortunadamente, la mayoría de los hombres domina bajo diversos y urdidos pretextos: la religión, la moral, etc.

Y ya no podía detenerse. Seguido a la cachetada, frágil en el suelo, la destungó de una patada, tal como un niño mañoso descabeza un geranio. Se partió la testa, como una granada rabiosa, contra la mesita de centro. No tuvo dudas, por el desparramo de sesos, de su absoluta muerte. Luego el problema universal de los asesinos: la urgente necesidad de desaparecer el cadáver. Sin duda con otros fines culinarios más piadosos, el Dios de Andrea y Carlos había bendecido el hogar con utensilios de cocina, entre ellos una juguera de fabricación extranjera. Entonces Carlos elucubró el proceso: la cortó en trozos el martes; el miércoles los hirvió, para ablandarlos, en la olla; el cocido de la olla, a la juguera, un viernes. Hizo zumo bastante espeso de cada miembro de la mujer. Y se deshizo del cuerpo, y tal vez del alma, gota a gota por la cañería, el domingo.

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