Prosas

Ejercicio XIII

Lo primero que recuerdo de mi padre, el eje de hoy en mi semblanza, autobiográfica en el sentido triste, es su acostumbrado silencio que jamás me molestó e incluso nos unía, además del ruido empeñoso de su motosierra, con la graciosa manera de impredecir la caída de los arboles, que destartalaba a mi hermano y yo de risa en el suelo, y que finalmente terminó matándolo. Mi padre era enfermero, excusa que nunca le valió para eximirse de “mis labores forestales”, aplaudidas y alentadas por mi madre, que pese a nacer allá en el sur siempre fue muy friolenta. No mencionaré las culpas y dolor que sufre en el presente la mujer que adoro tanto.Luis, era su nombre, sepultado bajo un apodo lleno de entrometimiento, del que también no diré nada, condenándolo. De sus gustos personales de juventud, que dejando espontáneamente de lado su costumbre nos contaba, ya casi inverosímiles de su boca, quiero rememorar su devoción a mi madre, que finalmente pasó, y también su pasión por el fútbol campesino, como afamado arquero de baja estatura, habilidad que los años no disminuyeron y heredé. Aun mantengo nubosamente frescos sus poemas épico-morales, de temas campesinos, que guitarreaba muy bien en las reuniones de familia.
Él, mi padre, Luis, ya no está con nosotros pero agoniza en la memoria, como un recuerdo prioritario y débil.

2 comentarios sobre “Ejercicio XIII

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